miércoles, 14 de septiembre de 2011

NESTOR VAZ CHAVES PUBLICA EN SU BLOG "AYER PASE POR MI PUEBLO".

AÑO DEL BICENTENARIO.

EL MUSICO NESTOR VAZ  LE ESCRIBE A SU PUEBLO VEINTICINCO DE MAYO.

AYER PASE POR MI PUEBLO.......

(Post dedicado a 25 de Mayo, o Isla Mala, que es lo mismo. Porque como dije en otro post, todo humano tiene un lugar de origen, y yo también tengo una geografía de mi tiempo cero.....)

Mi pueblo tenía tren y por lo tanto tenía estación, porque estando a la vera de la vía del ferrocarril no iban a permitir que éste nos despreciara pasando de largo y no parara. El tren era algo cotidiano en nuestras vidas, la estación un centro importante de actividad, y el jefe de estación una personalidad que como tal, actuaba. Los trenes entraban o salían cuando él tocaba la campana, suyas y solo suyas eran las órdenes al peón acerca de cuando hacer los cambios de vía y habilitar las señales. Vendía los boletos cuando no había empleado, firmaba los telegramas, controlaba los telegrafistas y el buen funcionamiento de los faroles con sus luces blanca, verde y roja, charlaba y bromeaba con los guardas de traje gris, hablaba en serio con los inspectores de traje azul porque éstos eran superiores y tipos serios.



Durante la semana, nos entreteníamos mirando los grandes embarques de ganado, los troperos arriando hasta la estación y luego empujando a prepo vaca tras vaca llenando vagón tras vagón del tren que al final partía, siempre rumbo a Montevideo, con los animales apretados de tristeza, maldiciendo su destino y rumiando su protesta mediante el olor acre de orines y bostas redondas chorreando para las vías.



En el tren viajaban para Montevideo todos los que trabajaban en AFE (mi tío Ernesto, el Beto Izaguirre), el tio Pocholo a soldar fierros en Colón, don Pintos y don Eduardo Ruétalo eran los comisionistas que llevaban y traían encomiendas, los Maciel mandaban ranas para el Victoria Plaza, y muchos desocupados del pueblo llevaban enormes paquetes con carne de contrabando en épocas de veda, trayendo a la vuelta los bolsillos llenos.… Para Florida los que íbamos al Liceo, porque el pueblo en ese entonces no tenía.



El tren traía toda lo necesario para los comercios: las bebidas para los boliches de don Sinforoso Ferreira, de la Avispa Solari, del Vasco Arniz; telas y sedalinas para la tienda de Antonia Badal, la de Hortensia Barreiro y la mercería de Pollak, jabones, harinas y azúcar para el almacén del Valija, el de Bachicha Oroño, el de Paolino, bolsas de fertilizantes para las chacras, y de afrechillo para las vacas lecheras de los tambos.



A las 11 de la noche pasaba el tren expreso para Rivera que ni paraba en la estación para no perder tiempo porque quien del pueblo iba a viajar para la frontera por esa época!!!



Era lindo ver pasar ese tren. En el “crucevía” de Amarelle, el maquinista aminoraba la marcha más que nada por precaución - si casi no había autos para que necesitábamos barreras- y se podía ver los pasajeros cenando en el salón restaurant, atendido por mozos de saco blanco.



Pero la verdadera fiesta era el domingo. El cruce de trenes de las 6 de la tarde era el evento social que culminaba la semana. Cuando el tren llegaba chirriando, las ventanillas se abrían, y aparecían cabezas masculinas buscando las miradas de las muchachas del pueblo que iban a “dragonear”, pero aquellos amores duraban solo unos minutos, hasta que el jefe diera la orden de partida rompiendo la magia, cortando las fantasías!!!



Mi pueblo tenía fútbol. Solo en mi pueblo podían existir cuadros con nombres tan originales como Mate Amargo, Mejoral, y Sacarrola, o tan sencillos como Defensores del Norte o Defensores del Barrio.



Y la única cancha de la época, con bajadita para lo de Vidal, sin tribuna y con arcos de palos redondos de eucaliptos y red de tejido de alambre, los domingos se llenaban de gritos femeninos arengando a los muchachos. Allí pasearon su clase los Paris (Pipí, Bimbo y Tabaré), Cacho y Artigas Saldombide, el “Catalán” Pou, el “Pollo” Milbeck, el Curita García, “Carranza” y el Hindú Rava, el Picha, el Pocho Beltrán, Pocholo Pérez, todos los Abraham, el loco Gómez, Cachanata, “Pepe” y Roberto Oroño, los Bruschi, los Piedrabuena, Motiya Arias, los Figueroa, y tantos otros que se mataban a patadas entre ellos pero se unían mas que nunca cuando el seleccionado del pueblo debía afrontar aquellas “batallas” futbolísticas contra los vecinos cardalenses encabezados por los durísimos vascos Lanz.....



Mi pueblo tenía música. El fuelle de don Angel Gómez o el del Cheno, mi querido viejo, Teresa y Aníbal, el violín mágico de Chiquito Arias, la batería de Luisito Barbé o de Pirulo Piedrabuena, Pedrito Badal tocando el pandeiro, los firuletes tangueros del “Torniquete”, de Nelson y Perla, Juan Muniz con su canto y su guitarra, el contrabajo del Gato Navarro, las clases de piano de Licha Oroño, Atilio Vidal cantando “Almagro” en los picnis familiares de las Canteras.



Los bailes de disfraces eran en el 25 de Mayo o en el Democrático...Y si no era ahí, se iba en camiones a lo Valdés en el Paso de los Novillos, o al salón Valerio en Mendoza. Si el camión era cerrado con lona, el pasaje era más caro: llegabas con menos tierra arriba de la ropa pero mucha adentro de los pulmones.



Y a los bailes se iba de traje y de vestido. Para eso estaban los talleres de costura de Lola y de Maruja Pérez, y las sastrerías del Cholo Aguilar y del Ratón Dupuy.



Mi pueblo tenía olores que eran perfumes porque todas las casas tenían jardines con rosales, jazmines, malvones, boca de sapos, clavelinas y gladiolos. Y tenía quintas con perfumes de laureles, orégano y tomillo. Las madrugadas se poblaban de olor a leña quemada de los hornos de las panaderías, de las que salían los biscochos de Motiya, y la mejor galleta dura que conocí en mi vida, la del Tito Martínez.



El olorcito a pan y biscochos frescos viajaba casa por casa en la volanta del reparto de Chiarlita, que guardaba billetes y monedas en los bolsillos de un gran cinto marrón.



Sobraba la carne. Y en las carnicerías de Fagundes o en la del Lulo Barreiro, las modernas sierras eléctricas dejaban un olor especial al cortar las chuletas.



Mi pueblo tenía sonidos que a veces rompían los silencios de las madrugadas, como el de los camiones lecheros de Marcenal o del Negro Pereira que se iban cargados de tarros para Montevideo. O un solitario tren de carga que pasaba en la madrugada.



En la noche se escuchaban los silbatos de los “rondas”, agudos sonidos en clave con que los policías se comunicaban en sus recorridas de barrio a barrio y que irritaban a los perros.



Uno de los mas lindos era el grito del heladero, que venia de Florida y anunciaba sus “palitos vasitos heladoooooos” alegrando las siestas obligatorias en las calientes tardes de verano.



En mi pueblo no había quilombos, por lo tanto no había líos por las noches.



Claro que mi pueblo ya tenía luz eléctrica, pero solo en algunas manzanas del “centro”, por eso el cielo era bien oscuro y en las noches podíamos ver miles de estrellas aunque solo reconociéramos a Orión y su Cruz del Sur. En los bordes no teníamos radio, y a la noche no había otra cosa que hacer que leer y estudiar con luz de lámparas de queroseno, o de alguna vela.



Mi pueblo tenía macachines en los campos, berro en las cañadas, bichitos de luz en las noches.



En mi pueblo alcanzaba y sobraba con una sola comisaría y unos pocos milicos porque no había garrafas, radios de autos, equipos de audio, celulares ni maquinas de fotos para robar, por eso solo había algún que otro ladrón de gallinas, y algún que otro matarife que carneaba alguna vaca pero siempre “para la olla”. Claro que también había juez de paz, pero como el comisario no iba a andar pasando a juez a borrachos o pugilistas de algún partido de futbol, tenía también él, poco trabajo.



En mi pueblo alcanzaba y sobraba con una sola Iglesia y un solo cura. Alguna que otra misa, pocos casamientos, algún funeral, y el catecismo de los sábados al cual los gurises íbamos no muy convencidos porque en el fondo de la Iglesia no había canchita. Y al menos a mi no me seducía mucho tener que aprenderme el Padrenuestro y el Avemaría de memoria sin tener un partidito de recompensa. Apenas pude llegar al Gloria.



Teníamos correo. Pero como no había facturas para repartir, solo llegaban unas pocas cartas y alcanzaba que Waldemar Marinoni el cartero saliera de vez en cuando a repartirlas.



Alcanzaba y sobraba con dos taxis -de Eduardo Calcagno y del vasco Urrizaga-, con dos bodegas –la de Vidart y la de Giacosa-, con dos herrerías y talleres (la Guinea Cambio y el Pato Bermúdez), con un solo puesto de frutas y verduras (el de don Pandolfo, que vio a su hijo llegar a doctor por ser muy capaz) y con una sola peluquería: la del Chau Fierro, que no logró su sueño de ver a su hijo el Pacho jugando en Peñarol porque no tuvo suerte.



Como ya dije que los autos eran pocos, en mi pueblo había una sola Ancap atendida por el Nene Arias y con eso alcanzaba.



Alcanzaba y sobraba con un solo médico -el Dr. César de Alava- que estaba en todo momento, iba a todos lados y nunca sabia cuando iba a cobrar las consultas. Una sola farmacia: la de don Paco Guarnido. Y no existían especialistas, salvo Luisa Rappalini, la partera que ayudó a las madres de varias generaciones a parirnos en sus casas y en sus camas porque el pueblo no tenía Hospital y menos Sanatorio.



En mi pueblo había un solo cementerio y un solo campo santero –el sordo Marroco- y con eso alcanzaba bien. Porque éramos pocos, vivíamos tranquilos y la gente mayor era tan feliz que demoraba todo lo que podía para morirse. Por eso las flores sobraban, y las casas se llenaban con el perfume de los jazmines y las rosas.



Mi pueblo es también la imagen de mi abuelo sentado leyendo El Día, de la bondadosa mirada de ojos celestes de mi abuela, mis viejos, mi hermana, mis tíos, fin de año en familia y las botellas en el fondo del pozo de agua. Mi pueblo es don Severo Vidart, Amaranto, Tarantito, Juanita la Macanuda, la memoria de todos los cumpleaños del Toto Picón, los Aren, los Jordan, el Pepe Malacrida, Pinocho, Polola, los Barreiro, los Viera, los Cambio, los Rava, los picapedreros del barrio Las Canteras…



Ellos y muchos más a los que pido perdón por no nombrarlos son integrantes de mis vivencias, están en mi “mochila” parte ineludible de mi carga y no reniego de la misma!!!!



Cada uno de nosotros tiene su propia historia, Al fin y al cabo, solo es una cuestión de nombres, tiempos y lugares. Solo quería contarles esto y decirles que no estoy de acuerdo con Zitarrosa, al menos cuando dice:



“no eches en la maleta lo que no vayas a usar,



son mas largos los caminos p’al que va cargado de más...”



En todo caso todo lo que llevo no me pesa....Y sé bien que lo que me queda de camino por recorrer será más corto que largo, pero sin duda, sería mas triste viajar con la mochila vacía.....



Ah…y mi pueblo tenía escuela….pero esa es otra historia.


http://nestorvaz.blogspot.com/





















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